SOLEMNIDAD DE S. PEDRO Y S. PABLO
DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C
Domingo 29 de Junio de 2025
REFLEXIÓN
1.- Celebramos hoy la solemnidad de S. Pedro y S. Pablo, dos discípulos con sus virtudes y sus defectos pero que amaban a Jesús apasionadamente hasta el punto de derramar su sangre por Él.
Desde los primeros momentos de la vida de la Iglesia los dos son considerados las columnas fundamentales sobre las que se apoyan el comportamiento y la misión que encargó Jesús a sus discípulos.
2.- PEDRO, y con él los primeros discípulos, comenzaron predicando el Evangelio a los judíos, el Pueblo de Dios, en quien se cumplió la promesa de salvacion hecha por Dios a los primeros hombres.
PABLO, por un especial designio de Dios, fue sacado de su error iluminándolo con una Luz que le cegó, cambió su vida, dejó de ser su perseguidor y le hizo entender que le había elegido para predicar el Evangelio a los gentiles, a los paganos, a los no creyentes.
Al encomendarle esta misión Jesús quiso hacer entender a todos los discípulos, especialmente a los Apóstoles, que la Salvación es para todos los hombres sea cual sea su origen y su condición.
3.- Muchos judíos no entendieron que la Salvación era un don de Dios para todos los hombres y no estaba condicionada al cumplimiento de las tradiciones judias que eran preceptos humanos, muchas veces consideradas superiones a los mandamientos de Dios, dando lugar a roces, discusiones y enfrentamientos entre los creyentes.
4.- Tal como había dicho Jesús, Pedro era la cabeza de la Iglesia, la piedra sobre la que se sostendría y tenía toda la autoridad para confirmar a los hermanos en la fe y mantenerlos unidos en la verdad y en Amor: “Te daré las llaves del Reino de los cielos. Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.
La autoridad de Pedro era reconocida por todos. A él acudían para resolver aquellos primeros conflictos.
5.- Hoy la Iglesia, igual que entonces, es fiel a la tradición, reconoce al Papa como sucesor de Pedro con la máxima autoridad en la Iglesia, y a los Obispos como sucesores de los Apóstoles como principales responsables de la fidelidad al Evangelio y con autoridad y responsabilidad de mantener a los cristianos unidos en la Verdad y en el Amor.
A nosotros nos toca amar a Jesús apasionadamente como Pedro y Pablo, y esforzarnos en amarnos unos a otros como Jesús nos ama con un corazón dispuesto a perdonar, a aceptar a cada uno como es, a anunciar el Evangelio en todas las situaciones en que nos encontramos, con la coherencia de nuestra vida expresada con la bondad del corazón, buscando el bien de los demás y servir a quien nos necesita con generosidad y sin pedir nada a cambio.
Recemos por el Papa, los obispos, los sacerdotes y por toda la Iglesia, para que la mantenga unida, y especialmente por la Iglesia que es perseguida y maltratada pidiendo para ellos la fidelidad y la fortaleza que necesita.