DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B
Domingo 22 de Septiembre de 2024
REFLEXIÓN
1.- Los discípulos no entendieron nunca lo que Jesús quería enseñarles sobre el Reino de Dios. Pensaban en un reino al estilo de los hombres, por eso discutían entre ellos quien iba a ser el más importante, quién iba a mandar más.
Han pasado más de dos mil años y seguimos igual. Nuestras ambiciones, nuestros intereses personales y nuestros egoísmos nos empujan a querer ser los más importantes, a tener los cargos más altos, a mandar sobre los demás.
Estas ambiciones ponen a la vista de todos nuestras pasiones más feas y lo peor de nosotros mismos: las envidias, los enfrentamientos, las divisiones y las mentiras…llevándonos hasta el extremo del enfrentamiento, las guerras y cualquier forma de violencia con tal de mantener el poder.
El poder absoluto corrompe absolutamente hasta el punto de destruir la sociedad, el mundo y rompiendo la paz y la armonía incluso en la Iglesia.
Sin embargo Jesús nos enseña que el primero, el más importante ha de ser el que más sirve, el servidor de todos y el último todos, sin buscar ni empeñarse en ser el primero y tener privilegios, sino estando pendiente de lo que más necesitan los demás para que entre todos haya bienestar, armonía y paz.
2.- La Sabiduría, como don del Espíritu Santo, es la fuente de la verdad, de la paz, de la misericordia, de la justicia. Nos enseñará lo que debemos hacer para construir el Reino de Dios de modo que nuestro mundo sea cada vez mejor, pero también nos dará la fortaleza que necesitamos para soportar los conflictos que surjan entre nosotros y los ultrajes y sufrimientos que podemos padecer por seguir a Jesús y poner en práctica sus enseñanzas.
3.- El Sabio es humilde. Reconoce sus debilidades y limitaciones, sabe que no es perfecto, que no lo sabe todo, no sirve para todo. Necesita aprender, necesita ayuda.
Por eso nosotros hemos de suplicar el don de la Sabiduría para ser sembradores de paz, ser servidores de todos, estando dispuestos a servir siempre que nos lo pidan y, si no lo piden, ofrecer nuestra ayuda desinteresada cuando vemos que hace falta nuestro apoyo y colaboración.
Pero no haciéndolo de cualquier manera. Hacerlo sin quejarnos, sin protestar, sin malas caras, sino con amor y bondad de corazón, con una sonrisa, con paciencia y con generosidad, sin pedir nada a cambio, porque la medida del verdadero amor es el servicio.
4.-Pidamos al Señor la sabiduría y fortaleza que necesitamos para hacer lo que Él espera de nosotros y hacerlo bien. Y preguntémonos también si estamos dispuestos a amar y servir sin pedir nada a cambio, como hizo Jesús, aunque eso nos suponga esfuerzos y sacrificios.